Mano Alzada entrevistó a Geraldine Zuasnabar Ravelo, quien con su película «Flor Pucarina, rebelde hasta los huesos» participa en la Competencia Peruana del 29° Festival de Cine de Lima.
Geraldine es una cineasta quechua, gestora cultural y artivista, cocreadora de Chola Contravisual, con más de 10 años de experiencia en la defensa de los derechos humanos desde los feminismos y el movimiento LGTBIQ. Entre su filmografía tenemos: «Tunanteras» (2019), «Voces Hechiceras» (2020), «Mejor Chola que mal acompañada» (2021), «Llaqtamchikpa Kallpan» (2024) y «Nanay-VR» (2025).
¿Cómo nace este interés por retratar la vida de Flor Pucarina para luego entregársela al público en una película documental?
Flor Pucarina es un icono de la música popular en Huancayo, es muy fuerte en toda la zona de las Sierras Centrales, puedes escucharla en diferentes espacios y siento que ha habido esa conexión y esa memoria con mi historia desde que era muy niña. Las mujeres andinas vivimos con su música constantemente, no quiero decir todas, pero creo que la mayoría. Pero hubo un hecho especial que marcó bastante mi postura frente a Flor Pucarina, sobre su importancia, su legado. En 2017, un periodista hizo un reportaje morboso, misógino y racista sobre ella. En Huancayo hubo una marcha, las instituciones se manifestaron en contra de esto, al final La República tuvo que eliminar este artículo y pedir disculpas, pero ahí entendí que detrás de la historia de Flor Pucarina había mucho prejuicio, a la gente le interesaba saber si era alcohólica o no, cosas desde el morbo; entonces empecé a profundizar más en su historia, a investigar cuáles eran las dinámicas de los y las migrantes acá en Lima, porque yo vivía en Lima.
Además, yo vengo de una familia de cantantes, entonces soy muy cercana a los contextos, a las dinámicas de la música andina acá en Lima, como los conciertos, los eventos, las fiestas patronales de los residentes de Huancayo, de Huancavelica, acá. Y también ya venía siendo activista feminista y traté de profundizar en su vida desde una perspectiva antipatriarcal, que para mí era muy importante, porque conozco a Flor Pucarina desde otros lugares más allá del morbo, su aporte ha sido muy importante para nosotras las mujeres migrantes andinas, no solamente por su personalidad, sino también por su música. Ella marcó un hito muy importante en la historia de la música andina popular. Su presencia fue un antes y un después. Eso me motivó harto para conocerla más y entender cuáles eran las dinámicas de los artistas andinos en esa época.
¿Cómo ha sido el trabajo de investigación, cuánto tiempo te demoró encontrar la información que luego estaría en la película?
Mi investigación fue a partir de ese reportaje. Cuando logramos ganar el estímulo económico fueron dos años más de chamba, desde 2018, de leer libros y buscar testimonios, después fue la búsqueda de archivos, pero ese fue un proceso súper complejo y largo, porque al inicio teníamos la idea de que se podía conseguir bastante material de archivo, por ejemplo, en los canales de televisión o en instituciones del Estado, pero fue imposible, nos topamos con una realidad muy dura y muy triste, porque en esas épocas algunos canales sí grababan los programas, las noticias, pero con el tiempo se iban perdiendo, se regrababa encima de cintas, había cero cuidado y preservación del archivo. También siento que nos topamos con una realidad que, si en general no hay cuidado por preservar el archivo en el Perú, ya con la música andina o con este tipo de programas de música popular o de folclor era mucho peor, porque todavía persiste mucha discriminación y desvalorización de este tipo de creación musical. Entonces fueron muchos años de investigación, de buscar rastros, archivos, testimonios, más o menos desde 2019 hasta hace dos años que cerramos el primer corte, que fue en 2023, como cuatro años, pero también ha sido muy bonito, sobre todo por la memoria oral que persistía en los entrevistados, artistas muy mayores que tenían testimonios poderosos, muy bonitos. Ha sido muy chévere ese aprendizaje.
¿Cómo fue el proceso de producción? Mencionaste que tuviste dificultades por la pandemia.
Sí, ha sido muy complejo haber trabajado todo esto en contextos de pandemia, porque yo tenía la ilusión de grabar muchos acontecimientos culturales masivos como concursos de huaylas o pasacalles, y recién empezaron a darse estos acontecimientos después de grabar la película. Fue triste desde ahí, pero también entendiendo que así pasa y darle foco a los testimonios entendiendo el contexto en el que nos encontrábamos. Al ser mi primera película largometraje documental estaba muy nerviosa, quería explorar este otro tipo de producción que yo antes no había hecho, que es trabajar con profesionales que tenían mucha más experiencia que yo, que habían hecho varias películas. Yo venía de hacer audiovisual más de guerrilla, más casero, desde mis posibilidades, y al poder ganar el fondo de Dafo dije “hay que hacer lo mejor posible en cuanto a calidad, etcétera”. Explorar este tipo de producción implicaba que movamos a un grupo considerable de equipo, que para mí es bastante, de entre 12 y 15 personas. El primer año, que fue en 2021, grabamos por casi por un mes, y el segundo año, porque tuvimos que volver a grabar unas cosas que nos faltaban, ya en 2022, fuimos como 9 o 10 personas. Fue un trabajo de producción muy grande al que yo no estaba acostumbrada, pero aprendí mucho y también descubrí qué es lo que quiero y qué es lo que no. Estoy muy agradecida con ese aprendizaje, me sirvió para descubrir que hay muchísimas formas de crear, de hacer una película.
¿Cómo elegiste a tu equipo?
Una de las apuestas más importantes fue el que seamos principalmente mujeres, porque yo quería transmitir esta sensación de la mirada de las mujeres, de esta mirada feminista también, por eso decidimos que todas las cabezas de área seamos mujeres y el 80% del equipo fue de mujeres, o un poco más incluso. Fue bonito, fue interesante, me parece muy bacán darnos la oportunidad entre mujeres. Con quien más aprendí, por ejemplo, fue con la directora de foto (Natalia Grande) que tenía una chamba muy enfocada.
Flor Pucarina es un personaje emblemático, pero su vida, su arte y su historia siguen al margen del reconocimiento oficial, ¿crees que la película está reparando de alguna forma una deuda histórica que tiene el Perú con ella?
Sí, Flor Pucarina es un personaje emblemático y no se le ha dado ese valor a su aporte, a su música. Recién en los últimos años eso está pasando gracias al trabajo de varias personas. Hay un centro cultural en Huancayo que gestionan su sobrina y su ahijada. Ellas, en los últimos años, han venido trabajando para darle este estatus de personalidad meritoria. Pero se ha tenido que trabajar desde la sociedad civil, nunca ha venido desde el Estado, de un gesto básico de las instituciones públicas. Eso es muy triste. Hablar de Flor Pucarina puede ser la excusa para darnos cuenta de cuál es la situación de las artistas mujeres en el Perú, en donde todavía hay mucha brecha, mucha discriminación. Es muy desafiante hacer música en contextos tan hostiles como una Lima migrante o como las grandes ciudades donde todavía hay mucha desigualdad. Conocer la historia de Flor Pucarina, su aporte, el contexto de los años 60, 70, cuando inició todo este boom de artistas de música andina en Lima, ha sido muy importante para saber cuál es la situación, lo que todavía nos falta conseguir como mujeres, gestoras culturales, trabajadores del arte, de la cultura, técnicos y técnicas de, no sé si llamarla industria musical, quizás sí; pero también siento, desde el lado positivo y me parece muy bacán, por ejemplo, que ahora tenemos una Yarita Lizeth, una mujer empresaria, que con su música derriba fronteras y que tiene un compromiso grande con el pueblo, con los movimientos sociales. Me parece muy chévere este diálogo intergeneracional. El aporte, la lucha de Flor Pucarina no se quedó solamente ahí, sino que nos acompaña como jóvenes, como generaciones de ahora, eso es muy inspirador, muy emocionante. También nos encontramos en un contexto en el que el Estado, en vez de apoyarnos, incluso es un obstáculo más o simplemente estamos abandonadas por el Estado. Entonces, conocer esas formas de autogestión, de autoorganización dentro de la música, de las artes, es muy potente. Esta industria musical de la música andina popular se ha forjado desde la autoorganización, desde el trabajo colectivo. Eso es lo que me llevo.
¿Cuál es el legado de Flor Pucarina para jóvenes como tú, en este diálogo intergeneracional que estableces con ella?
El legado de Flor Pucarina es inmenso, en su música, en su herencia cultural, social y política nos ha dado mucho. Una de las cosas que yo siento bastante es cómo ella, en esta Lima -la otra Lima- de los migrantes, de las mujeres rebeldes, de las disidencias, nos ha abierto un camino tan grande para nosotras, para nosotres. Una de las cosas más bonitas que siento con Flor Pucarina es explorar cómo descolonizamos nuestras formas de hacer música -y hacer arte en general-, no solo desde lo académico, porque muchas de las apuestas antirracistas o antipatriarcales a veces vienen de la academia. Entonces, mi cercanía con esta historia, con explorar esta memoria, era cómo encontramos otras narrativas de descolonización, de despatriarcalización, desde lo disidente con tunanteras trans o su propio arte vivo, como sus vestuarios. Yo siento que mucha de la belleza, del arte, de la estética huanca es queer y viene de estos bordadores de hace 40, 50 años que son parte de la comunidad lgtbiq+. Esa historia no está en la historia oficial y a mí me ha dejado ese deseo de seguir aprendiendo, de seguir profundizando, hay muchas historias y mucha memoria rebelde detrás de lo que nos pasa cotidianamente. Me parece muy bacán que estas memorias rompan con las narrativas oficiales o que vienen desde la academia.
Tú eres fundadora de Chola Contravisual, que este año cumple una década de trabajo produciendo un audiovisual anticolonial, feminista, antirracista, queer y muy ligado al territorio huancaíno. Cuánto de Chola está en tu película.
Sí, es bonito que este año que Chola cumple 10 años, también podamos estrenar esta película a la que le hemos puesto todo nuestro corazón, toda nuestra emoción para terminarla. Estamos súper felices, pero también reconociendo que Chola Contravisual es un nido de sueños, de proyectos que han ido mutando en el tiempo. Se empezó en Lima, después, para hacer un trabajo un poco más territorial, en Huancayo, profundizando mucho en nuestros sentipensares antirracistas, desde lo disidente. Estamos ahí buscando esas formas dinámicas de co-crear que sean más tranquilas, que pueda sostenernos desde lo dificultoso que es hacer cine, gestión cultural y arte en el Perú, y sobre todo fuera de Lima. En ese sentido, esa transformación tiene que ver con reafirmar que nos interesa o me interesa, sobre todo, seguir haciendo cine, seguir creando y desde ahí hemos aportado lo que hemos podido al movimiento social o a los activismos, pero también sentimos como un agotamiento. Hemos encontrado un espacio de comodidad y de ganas de seguir aprendiendo en el cine, en el audiovisual.
¿Cuáles son tus proyectos futuros?
Me interesa seguir haciendo documentales que es lo que me emociona, me ilusiona seguir aprendiendo de narrativas de no ficción y seguir enlazando estas apuestas anticoloniales, antipatriarcales desde el cine, el audiovisual. Que Chola sea este espacio que acoge estas creaciones, estos proyectos, para seguir creando colectiva e individualmente también. Y bajar un poco también al ritmo, porque estos 10 años han pasado muy rápido. Este año ha sido chévere parar un ratito, mirarnos y abrazar también esa transformación.
