Vanessa Rodríguez Narváez
Los homenajes tardíos siempre tienen un mal sabor, y te daban pica, como ahora a mí. Pero cuando se escribe por la memoria, tal vez es porque el escritor no sabe qué hacer con todo lo no dicho y con lo que quedó pendiente. Tal vez estas palabras son así, llegan a destiempo. Pero escribimos, aunque nos salga espuma.
Te conocí en el taller de poesía y narrativa de la Universidad Villarreal que dictabas en tu castillo en La Colmena, en el Centro de Lima. Yo tenía casi 18 años y desde niña había querido escribir cuentos y poemas, y tus talleres ayudaron a que ese sueño se hiciera materia. Tenías una facilidad para construir mundos, como un mago que sacaba con la voz el más misterioso universo de su sombrero.
Nos enseñaste a cómo cazar dragones y a darle vida a la naturaleza y a las cosas. A recordar al minúsculo piojo, así como a una cajita de música mágica, como tu mundo imaginario. Hablabas con facilidad de Vallejo, Rimbaud, Li Tai Po o Whitman, acercándonos a la literatura universal. Y, al mismo tiempo, tenías a veces una actitud jovial y cálida, como la de un niño pícaro. Me atrevo a decir (con todo respeto) u, otras veces, como la de un sabio Chimú.
Tenías un gran aprecio y pasión por Vallejo. Creo que pensabas de él lo mismo que nosotros de ti: que Vallejo, aquel que no provenía de una élite, se atrevió a ser un grande, y que él te llevó a creer en ti. Así, tú nos ayudaste a creer en nosotros. Y así prendiste una vela para alumbrar el camino de quienes te seguimos, para hablar de Yococo, los cerros, los charcos, los pumas y los espacios poco mencionados en la literatura peruana de aquel entonces. Gracias, maestro, por democratizar la literatura en el Perú, con tus talleres y con tu genio.
Siempre abriste tus puertas a una conversación o a un consejo. Con la misma generosidad compartías tus libros y entusiasmo. Hiciste una escultura de vida de ti. Dirigiendo tu barco a tu manera, con mucho esfuerzo y sin cánones, y así te hiciste arte.
Es curioso que, en la ceremonia hacia tu partida a tu siguiente vida, una escultura de Vallejo te acompañaba, mirándote, velándote, como diciendo: «Allá te espero, paisano». Ahora podrás, seguro, hablarle y preguntarle tantas cosas.
Es fundamental brindar la oportunidad de que los jóvenes se expresen literariamente, permitiendo que su pensamiento crítico y su empatía florezcan y nutran a nuestra sociedad. Y que las instituciones culturales actúen para este fin, al que usted apoyó en vida, profesor. Tras su partida, contribuiremos a esta causa promoviendo espacios accesibles y que fomenten la pluralidad.
Espero que este abrazo de gratitud te llegue donde estés. Hasta siempre, mi amigo, mi maestro; hasta que nos volvamos a ver.
Un fragmento de tu voz poética de tu libro “Manifiesto del ocio”:
No hay necesidad
de hablar de Dios
para estar con Dios.
…
El canto de la rana y la belleza de la rosa
son mi evangelio.
…
De por sí el silencio es dios en el templo.
