Rumi Roxana Quispe-Collantes
Quiero compartir dos apreciaciones sobre María Trinidad. La primera tiene que ver con que en los últimos años se rememora y rescata del olvido a personajes muy relevantes de nuestra historia. Y la segunda es sobre su sensibilidad, expresada en su desprendimiento y en su coraje para desafiar las convenciones y restricciones sociales de su época, anhelando en ese proceso ejercer una carrera acorde con su propio sentir.
Respecto a la rememoración, en mi comunidad, nuestra heroína es Tomasa Tito Condemayta, en tanto que en Cusco es Clorinda Matto de Turner. Recién supe de Trinidad durante mi investigación doctoral, cuando Tania Consuelo Gutiérrez me obsequió un libro suyo sobre ella, donde la define como heroína y mártir de la cultura. Tiempo después, el 2019, el carnet universitario llevó impresa su imagen, reconociéndola como primera universitaria peruana y resaltando su dedicación para lograr el acceso de las mujeres a los estudios superiores. Es significativo recordarla como precursora de la igualdad educativa y profesional de las mujeres; y como una emprendedora cultural, una activista, que percibió tempranamente la importancia de la educación para el desarrollo y la emancipación de todas las mujeres.
Respecto a la sensibilidad, fue una niña genio y ya en su adolescencia dictaba clases; Clorinda Matto fue su alumna. Si bien contó con un entorno favorable para su desarrollo, lo más relevante de su formación intelectual fue el cultivo de una manifiesta sensibilidad hacia los sectores desfavorecidos, para quienes llevo a cabo distintas medidas, cofundando la Sociedad de Artesanos, fundando el Colegio Superior para niñas, la Escuela nocturna para obreros, promoviendo actividades culturales y apoyando durante la guerra con Chile.
No obstante, la última década de su vida estuvo atravesada por la resistencia de un sector conservador a otorgarle su título para ejercer su carrera. Cuesta creer que hace un siglo y un poco más, fuera normal que a las mujeres se nos negara derechos básicos por el simple hecho de ser mujeres. Pero me pregunto si esa realidad nos sigue golpeando a mujeres de otra condición social, nos sigue cerrando puertas, nos sigue discriminando y nos sigue silenciando.
En mi caso, soy una warmiruna cusqueña, una mujer de raíces andinas que habla y escribe en runasimi. El castellano es mi segunda lengua. Y en Ch’osecani, soy la primera mujer de mi generación en ingresar a una universidad. Para mí, fue un sueño haber llegado hasta ese nivel educativo, y mi sueño es que más niñas también logren profesionalizarse.
Es por ello relevante recordar que esa loable sensibilidad que caracterizó a María Trinidad, sigue siendo muy necesaria para abordar problemas presentes en nuestra realidad, donde a veces la educación intercultural bilingüe no tiene apoyo o es insuficiente, y donde las niñas siguen siendo las más perjudicadas, por las malas decisiones y la insensibilidad de quienes podrían conducir a un cambio real.
Estoy convencida que si María Trinidad hubiera vivido en esta época, con este caudal de información y de oportunidades que favorecen a las mujeres de muchos sectores sociales, habría abogado por las mismas causas que definieron su vocación de maestra y de abogada, siempre en favor de todas las mujeres y de una mejor sociedad para todos.
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Texto leído en la inauguración de exposición biobligráfica sobre María Trinidad Enríquez, la primera universitaria del Perú y de Latinoamérica, curada por Karen Bernedo, en el Centro Cultural Inca Garcilaso de la Vega – Ministerio de Relaciones Exteriores.

