Una mirada ha perseguido a Kris, la talentosa directora que va a revivir una saga de terror que la ha marcado profundamente: Campamento Miasma, y que incluso ha definido su identidad de múltiples formas, tantas, que aún las sigue descubriendo. Ese es el leitmotiv de “Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma”, de lx directorx no binarix Jane Schoenbrun.

¿Qué hay en el fondo del iris de la juvenil actriz que está realizando esa infaltable escena sexual en el slasher mítico que le marcó la vida cuando era niña? Aunque Kris tiene ciertas nociones de qué es lo que ha implicado esa mirada en su vida, necesita llegar al fondo de su perturbación. Tal vez solo con ese fin, emprende el reboot de la franquicia y va en pos de su legendaria actriz principal, Billy Presley, para que lo protagonice, y para ello la busca en el mismo escenario en donde la película marcó un antes y después para las dos.

Ahí, la seductora Billy, una representación de la femme fatale del cine noir, que regresa del pasado, se convierte en el catalizador de aquello que todavía no está claro en la vida de Kris, pero que está pujando por salir. El amor al slasher, el deseo desquiciado porque todo termine en un mar de sangre, la necesidad de huir al sentirse perseguida por un asesino en serie, el miedo, la locura y el sexo empiezan a desatarse de la mano de Billy, que, como guardiana de los infiernos, le abre las puertas a Kris para que las cruce y sea feliz de una vez por todas.

Unx directorx que no sea Jane Schoenbrun tal vez nos hubiera llevado por el camino de la reparación terapéutica habitual, aquella que ordena la psiquiatría: horas de diván y medicación, conversaciones, depresión, llantos, consuelo y paz. Schoenbrun sabe que esas “curaciones” son excepcionales, que esos “tratamientos”, a la larga, pueden ser inútiles, que son más parte de discursos médicos que de vidas vivibles, por eso nos da esta alternativa, la que a ellx mismx le dio el cine: la liberación a través de la pulsión de muerte desatada, la purga sangrienta, el desmembramiento, la evisceración, pero sobre todo, la complicidad con un alma gemela igual de oscura que unx, alguien que es capaz de compartir nuestros traumas más dolorosos, no para ir por el camino de la maldad real en el mundo, que sobra, sino para meterse de lleno en la fantasía y, a partir de ahí, reconstruir todo aquello que ha sido roto por la incomprensión y la violencia.

Kris es guiada y reconstruida por Billy, cuando se suponía que sería al revés. En el mundo jerárquico y vertical en el que vivimos, es el director el que dirige y la actriz la que obedece. Schoenbrun nos dice que no va a ser así, que no tiene que ser así, que a veces, muchas tal vez, es necesario levar anclas, soltar todo aquello que nos ata, romper con nuestras ataduras del pasado, incluso con las que nos hacen funcionales profesionalmente o aceptados socialmente. Kris ya está en ese camino, decidida por fin a vivir como quiere luego de conocer a su ídola de infancia. Muestra clara de ello es la reunión ejecutiva en donde delira y rompe los esquemas acartonados de sus productores y actores mainstream, o el asesinato de su novia y la pareja de su novia, en esa relación poliamorosa en donde no se halla.

¿Qué pasa con Kris? Ella se ha visto reflejada en esos ojos que la arrastran al pasado y no la sacan de ahí. Sabe que esos ojos le están comunicando algo, algo de lo que tiene cierta certeza por su propia experiencia, pero que todavía le resulta ininteligible. Necesita que alguien lo lea por ella, y la única capaz de hacerlo es Billy, porque son sus ojos.

Esa certeza es una experiencia que han compartido millones de cuerpos feminizados en el mundo: el de la violencia sexual. Billy se lo revela, pero Kris, en el fondo, ya lo sabía. Esos ojos se lo decían todo el tiempo. Ahora que la mente ha desbloqueado el recuerdo, es el cuerpo el que debe responder para seguir su camino, y Billy se encauza a ello. Ante la falta de orgasmo de Kris, Billy la lleva a la repetición de la escena en que la vida infantil de una se juntó con la experiencia juvenil de la otra, ese momento en que la identidad de Kris abrazó el terror para proteger su mente de una realidad monstruosa.

Como una demiurga, Billy ordena el universo de Kris, la lleva a su origen y la mantiene ahí, no la hace renunciar a la fantasía para devolverla a la normalidad, no le dice que aquello que desea es aberrante, no la juzga en su enajenada morbosidad, la hace sentirse segura, amada, satisfecha y feliz. Al darse la mano y acompañarse, las dos han sido restituidas por un vínculo más fuerte que el pasado, su vínculo ahora es distinto porque es de futuro.  

De paso, Schoenbrun nos ofrece un bello homenaje al cine de David Lynch, que también nos ha salvado a muchxs.