«Resident Evil» de Cregger, correr, disparar y reírse
Escribe: Carlos Pineda
Hollywood está hambriento de adaptaciones y secuelas. De las diez películas que ocupan los primeros lugares de la taquilla mundial en lo que va del año, ocho son secuelas o adaptaciones de cómics, libros o videojuegos. Si retrocedemos al año pasado, las flechas apuntan en la misma dirección.
En ese contexto, llega una nueva adaptación de Resident Evil, la extensa saga de videojuegos con más de 60 títulos entre entregas principales, remakes, spin-offs y otras mutaciones, tan numerosas y variadas como los propios monstruos de la franquicia.
Y en el cine no ha sido menos prolífica: seis películas protagonizadas por Milla Jovovich, cinco producciones animadas en CGI y un reinicio estrenado en el pandémico 2021.
El encargo cae ahora en manos de Zach Cregger, uno de los nombres que más ha comenzado a sonar dentro del género en Estados Unidos, gracias a la sorpresa que supuso Barbarian y a la frescura de Weapons, dos películas que encuentro particularmente entretenidas.
Cregger comenzó su carrera en la comedia y, en entrevistas, ha contado que ese género le proporcionó el entrenamiento necesario para hacer terror. Esto resulta bastante evidente en su cine, donde existe una clara influencia de ciertas películas de terror de los años 80, una época en la que la comedia podía convivir con el horror sin demasiados tapujos ni remordimientos. En Resident Evil, creo que esa vena humorística resulta todavía más evidente.
Vamos a la historia.
Nuestro protagonista es Bryan, interpretado por Austin Abrams, quien parece perfilarse como un colaborador habitual de Cregger, pues ya había aparecido en Weapons. Su trabajo consiste en repartir órganos. La película comienza con él intentando hacer una entrega en un hospital. Nadie parece atenderlo y, además, descubrimos rápidamente que no soporta demasiado bien la visión de la sangre y los cortes.
Cuando finalmente consigue ser atendido, en un lugar donde todos parecen estar completamente concentrados en sus responsabilidades individuales, recibe un nuevo encargo: doble paga y carácter urgente.
Poco antes, Bryan había conversado con su novia sobre un embarazo no deseado. Él había rechazado asumir responsabilidad y había dejado la decisión en manos de ella. Esa conversación quedará pendiente y, cuando Bryan tome rumbo hacia Raccoon City, será imposible retomarla.
Es entonces cuando aparece el título de la película y comienza una carrera que prácticamente no tendrá paradas. El repartidor más fiel a su encargo no se detendrá ante zombies, monstruos, una ciudad que se está desmoronando y ni siquiera ante la necesidad de subir 28 pisos por las escaleras. Nada parece hacerlo dudar de su misión.
Al inicio encontramos unas interesantes tonalidades rojas que contrastan con el blanco predominante provocado por la tormenta de nieve. La cámara se mueve entre encuadres en tercera persona y tomas en primera persona, con el arma en mano, en una clara referencia a los videojuegos. También está presente ese tono de supervivencia y búsqueda de elementos que caracteriza a las primeras entregas de la saga.
¿Acaso hay algo más Resident Evil que descubrir que las balas están en otra habitación, buscar llaves para abrir candados o ser perseguido por un perro mutante?
Sin embargo, estos elementos quedan rápidamente opacados por el humor y las continuas fallas de criterio de nuestro protagonista. Cregger parece asumir que buena parte de las personas somos idiotas… Mejor no responder esa pregunta.
Otro elemento que parece fascinarle al director son las puertas. Y que justamente le haya tocado adaptar un videojuego en el que las animaciones de las puertas se convirtieron en una marca registrada resulta una feliz coincidencia.
Uno de los mejores momentos ocurre cuando, a través de una de ellas, comienzan a salir manos y piernas pertenecientes a una criatura amorfa que parece hecha por un niño que juega con sus muñecos: los disecciona, los pega nuevamente y los arma sin ningún interés por la simetría.
Otro momento destacable llega con una lluvia de zombies mientras nuestro protagonista corre.
La administración de las balas es clave en los videojuegos y Bryan se encargará de recordárnoslo constantemente, contando cuántas le quedan en cada una de las armas que irá encontrando. Por eso, cuando se trata de destruir a un zombie solitario, la mejor estrategia es acercarse lo suficiente para colocarle un disparo en la cabeza. La película incluso nos mostrará esta lógica en acción, aunque decide no hacerlo con una niña, probablemente por cuestiones relacionadas con la clasificación por edades y para evitar que la cinta termine en una categoría para mayores de 18 años.
Hacia la mitad de la película, el humor y el absurdo comienzan a tomar cada vez más fuerza, hasta acercarse por momentos al delirio y al exceso. Esto puede resultar atractivo para algunos espectadores y convertirse, al mismo tiempo, en el principal motivo de disgusto para otros.
Finalmente, Cregger recurre a numerosos clichés del género: desde el clásico “tipo atropella a un zombie en medio del bosque” hasta el inevitable “monstruo desatado en el laboratorio”. Esta última escena, de hecho, me recordó por momentos al Sam Raimi de Spider-Man 2.
Cregger parece tener una tarea bastante clara: utilizar los códigos reconocibles de Resident Evil, añadir su particular sentido del humor y tratar de dejar satisfechos tanto a los fans de los videojuegos como al público general.
Y, considerando lo difícil que es salir bien parado de una misión de semejante tamaño, diría que lo consigue… rozando el parante.
