La pesadilla de ir al servicio de salud pública ha sido vivida por casi todos los simples ciudadanos mortales. Sales de casa con tu menor hijo para que reciba atención regular, llegas y te enteras que justo ese día las actividades están suspendidas por la huelga de enfermeras. Se enciende tu alerta. Saber que no has ido por una emergencia te permite exhalar.

De regreso, una inocente pregunta da vueltas en tu cabeza y empieza a parir otras: ¿Habrá alguien de nuestra fauna política que se atienda en un hospital público? ¿A cuántos políticos conoces que usan el Corredor azul, morado o rojo? ¿Algún funcionario de alto rango tiene a uno de sus hijos en escuelas estatales?

A lo largo de los años, los distintos gobiernos ejecutaron y ejecutan distintas obras de infraestructura (hospitales, carreteras o colegios) para cumplir con su deber: trabajar para el pueblo, para el país. Se destinan enormes presupuestos —revisados y fiscalizados por el Legislativo— que permiten gastar millones de soles y, con solo la firma del acuerdo, se habla con gran entusiasmo de un futuro que vive entre nosotros. Pero acá hay algo que hace ruido, algo que no cuadra. Una vez funcionando, ellos no los usan. Ni ellos ni sus familias.

Cada tiempito se habla acerca de los médicos y los equipos técnicos que atienden a millones de personas en los centros de salud: se han ganado un cierto prestigio amedrentador. Cada distrito conoce a sus galenos y cada historia que se cuenta sobre ellos recorre el boca a boca y algunas van tomando tonos hasta tenebrosos. Uno quisiera —cuando por fin consigues atención— que el médico de turno sea buena gente ese día o que no esté muy estresado. Es más, uno le habla bonito para que se sienta halagado y pueda firmar la receta con un poco de amor.

La situación es —demasiado— distinta en una clínica particular. El ambiente es otro, la atención no es una tensión. Puedes oír el vaivén de los saludos en los pasillos, hasta puedes ser testigo de sonrisas que parecen sinceras. Te dan ganas de enfermarte y vivir esa experiencia. Todo ese mundo ideal hace olvidar por un momento cómo se comportaron indolentes y sin empatía en la etapa más difícil de la pandemia: multiplicaron por el número que quisieron los costos en las atenciones.

Las historias cuentan que casi todos los médicos que atienden en esas clínicas han estado alguna vez al otro lado de la ciudad, que se han juntado con la chusma, que conocen el infierno. Incluso, hay quienes «dobletean». ¿Qué pasa entonces?

Quizá esa idílica diferencia es la que motivó a nuestro Congreso a «invertir» un presupuesto de más de 9.5 millones de soles y asegurar su propia salud en el sistema privado. Este dinero (que sale del bolsillo de todos los peruanos) les será útil para el periodo 2025-2026. Eso sin mencionar que fue adjudicado directamente a la aseguradora Rímac y sin proceso de licitación. Pero ese es otro tema. (¿Aló, Contraloría?)

Se sabe que para el año pasado el presupuesto fue un poco más de 7.4 millones de soles por el mismo servicio. O sea, ha habido un incremento de más de 2 millones de soles en solo un periodo. Este seguro no solo cubre a los vigentes congresistas, llega a los parlamentarios andinos, a los expresidentes de la República y sus respectivas familias; es una cobertura que alcanza para sus hijos de hasta 24 años. De taquito, se incluyen partos, emergencias, una serie de cirugías y, de ser necesario, hasta pueden atenderse en el extranjero.

Por estos días no hay atención al 100% en los centros del EsSalud, el Sindicato Nacional de Enfermeras del Seguro Social de Salud (SINESSS), que tiene a más de 14 mil profesionales, suspendieron sus actividades en todas las sedes. Los aportantes que desean ser atendidos —y seguir trabajando sin complicaciones— deben esperar un tiempo más para que las exigencias de las enfermeras lleguen, al menos, a un buen acuerdo lo más pronto posible. Es decir, más de 12 millones de personas afiliadas tendrán que borronear y remarcar sus calendarios e idearse alguna solución para aplacar su padecimiento.

A un ciudadano común y silvestre, en planilla y con sueldo mínimo, se le descuenta —de esos 1130 soles— el 9% para su seguro de salud; un poco más de 100 soles. El sueldo de los congresistas (que sale del… blablablá) bordea —con todos los plus y asignaciones y bonos y tarjetas— los 30 mil soles mensuales. De ese monto, más de 2500 soles son destinados para que sean atendidos en centros de salud particulares.

En medio de eso que llaman El ojo de la tormenta —lo que parece ser el hábitat de nuestros legisladores—, uno de los congresistas, Américo Gonza, de Perú Libre, al ser cuestionado por el generoso presupuesto asignado para la salud de él y sus colegas, dijo muy suelto de hombros que la salud no tiene precio. Todo indicaría que en esa explicación cliché quiso ahorrarse un par de palabras: «La salud DE ALGUNOS no tiene precio».