El centro político no existe y eso debería ser lo primero que aprendan todos aquellos que se forman en política, para que luego no hagan lo que hace Julio Guzmán, el líder del Partido Morado, continuamente: ubicarse en el medio, en el centro político, para disfrazar sus ideas conservadoras.

En dos entrevistas, Guzmán ha afirmado algo que muchos machistas suelen sostener: que ni machismo ni feminismo. ¿Cómo así? Sosteniendo que no está de acuerdo con los “extremos”, ni con un extremo idiotizante que dice que el enfoque de género va a homosexualizar a todos los peruanos, ni con el movimiento feminista extremista que dice que todos los hombres son malos.

Lo primero todo el Perú lo ha visto, han salido muchos representantes de la campaña Con mis hijos no te metas a intentar asustar a la gente con la idea de que la homosexualidad se aprende, lo segundo ¿alguien lo ha visto? ¿Hay feministas por ahí diciendo “todos los hombres son malos? No, las feministas hacen una labor pedagógica continua para hacer entender a la sociedad que hay una cultura machista que otorga ventajas, privilegios, beneficios y más oportunidades a las masculinidades mientras se las quita a las feminidades, o intenta compensarlas con algunas situaciones que parecen beneficios, pero en realidad son recortes a su libertad y autonomía.

Este es solo un ejemplo de la forma en que la derecha conservadora se posiciona para pintarse de centro, hace una analogía jalada de los pelos, para construir un enemigo, y a ese enemigo les da las mismas características, en el caso de Guzmán, compara a un homofóbico con una feminista que señala que el violador eres tú. Mientras el primero afecta la vida y genera violencia sobre las personas LGTBI, la otra por fin tiene una voz para señalar quién la violó. ¿Pueden ser comparables ambas expresiones? Evidentemente no.

Como señala el crítico cultural Alonso Almenara: “La apuesta de Julio Guzmán por presentarse como un técnico imparcial que huye de los extremos ideológicos es, desde luego, una de las formas más eficaces -y extremas- de discurso conservador. Me recuerda algunas de las observaciones que hace Herbert Marcuse en un ensayo de 1965, titulado ‘Tolerancia represiva’. Hay una parte en la que Marcuse analiza el tipo de decisiones políticas que esconde un uso ostentoso de la neutralidad y del no tomar partido, por ejemplo en los programas de noticias:

“Si un presentador de noticias informa de la tortura y asesinato de defensores de los derechos civiles con el mismo tono carente de emoción que emplea para hablar del mercado de valores o del clima, o con el mismo tono emocional que emplea para los anuncios comerciales, entonces tal objetividad es falsa, y aún más, ofende a la humanidad y la verdad al mostrar calma cuando debe sentirse indignación, al abstenerse de acusar cuando la acusación está en los hechos mismos. La tolerancia expresada con tal imparcialidad sirve para minimizar e incluso absolver a la intolerancia y opresión que se dan en la realidad. Si la objetividad tiene algo que ver con la verdad, y si la verdad es algo más que una cuestión de lógica y ciencia, entonces tal clase de objetividad es falsa, y tal tolerancia inhumana”.

Y eso es lo que Julio Guzmán está demostrando continuamente en su andar político, ser falso y también ser inhumano.