“Yo creo que hombres y mujeres en el Perú tenemos igualdad de oportunidades al mismo nivel de ambición. Las oportunidades están para quien las quiere, las busca, se esfuerza, trabaja”.

Inés Temple (citado en Monzón 2018)

Hace un par de días, Perú21 publicó una entrevista a Inés Temple, reconocida ejecutiva empresarial peruana, sobre la diferencia de género en el ámbito profesional. Según sus palabras, la brecha aludida no existe en esa esfera: “Ser mujer es una variable más, como puedes ser joven o mayor, alto o bajo” (citado en Monzón 2018). Si seguimos el atroz planteamiento de la experta en empleabilidad laboral, la ambición sería el factor que determina el éxito de las mujeres en el mundo profesional. Si ellas quieren y se esfuerzan, alcanzarán, como los hombres, las oportunidades laborales que tanto anhelan. A diferencia de lo esbozado por Temple, considero que la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres no es una realidad, sino una fantasía. Se trata de una construcción, de un tipo de discurso políticamente correcto, pero no por ello menos nocivo. Tiene como rasgo principal ser, al parecer, incuestionable: si nos esforzamos y nuestro deseo de triunfo es desbordante, conseguimos lo que queremos. Nosotras creamos nuestro futuro y llegamos, así, a un ámbito libre de cualquier tipo de violencia e inequidad.

Sin embargo, hay un aspecto que el discurso de igualdad de oportunidades no puede soslayar, diga quien lo diga: que la discriminación y la violencia contra la mujer traspasan, en nuestro país, cualquier esfera social. Aunque en la actualidad hay más mujeres que acceden a la educación superior y que aportan económicamente en sus hogares, esto no las salva de ser agredidas dentro o fuera de sus casas. No impide que sean víctimas de acoso laboral o que no sean consideradas a ocupar un puesto de mando en su centro de labores. No evita, tampoco, que después de un largo día de trabajo en una empresa, tengan que ser las únicas responsables de las labores domésticas dentro del hogar. Precisamente, la fantasía de la igualdad de oportunidades busca borrar estos problemas. Su fin es hacernos creer que no existen o, si ocurren, considerar que podemos llegar a escapar de ellos gracias a nuestra educación y trabajo.

Sí, en efecto, hay mujeres que tienen el privilegio de alcanzar sus metas profesionales, pero este hecho no debería ser tomado como un suceso que se encuentra disponible para todas por igual. ¿Una madre adolescente limeña, violada desde niña por su propio padre, va a tener a su disposición las mismas oportunidades de tener éxito profesional que una joven que haya crecido sin este tipo de violencia? ¿Una mujer asháninka va a gozar de las mismas posibilidades laborales que una sanisidrina? ¿Cuánto (más) se tienen que esforzar para lograr sus objetivos? ¿Acaso sus ganas de salir adelante son suficientes para conseguirlos?

Este 8 de marzo, tratemos de mirar más allá de nuestras propias narices, y que el racismo y clasismo que carguemos no nos lo imposibilite. Cuestionemos lo “incuestionable”. Alcemos nuestras voces. Miremos nuestro propio reflejo e intentemos tomar distancia. Ahora más que nunca, con un gobierno sin brújula, con un Legislativo que nos ignora y con un Poder Judicial que se burla de nosotras, resulta necesario que luchemos por la oportunidad de una vida más justa, digna y segura para todas. Conquistemos los cambios que nos son necesarios, aunque así tengamos que comenzar a hacerlo en nosotras mismas.

 

Referencia bibliográfica

MONZÓN, Ricardo

2018 “Inés Temple: ‘El género no determina el éxito o el fracaso’”. En Perú21. 6 de marzo. Consulta: 6 de marzo de 2018.