En medio de una pandemia y la lucha de mafias económicas y políticas por el botín millonario del Estado (si, para eso era el golpe de Merino) conmemoramos el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. La fecha se da en memoria del crimen de Estado contra tres mujeres que se opusieron activamente a la feroz dictadura de Trujillo en República Dominicana en 1960: las hermanas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal. Y es importante mencionar sus nombre porque una de las formas de violencia cotidiana contra las mujeres es invisibilizar sus ideas, sus aportes, su trabajo, sus vidas haciéndoles creer que forma parte de su “naturaleza” ser generosas y desinteresadas, y que no importa que no sean reconocidas porque ellas actúan “por amor”, sabiendo que es una gran mentira, que solo a fuerza de repetirla es que se instaló como un sentido común.

La sociedad machista que pretende obligar a tod@s a ser heterosexuales, tiene bien definido que clase de mujer es “aceptable”, “decente”, “profesional”, “respetable” y todas las que no encajen en esos moldes como las lesbianas, las mujeres trans, las mujeres no femeninas, etc., son castigadas de diversas formas y no obtienen ni la aprobación “social” ni  la famosa “aprobación masculina” que se nos inculca como una necesidad desde niñas.

Existen formas sangrientas de violencia que pretenden disciplinar nuestros cuerpos y que son expresión de la idea de superioridad y dominio que tienen los hombres respecto a las mujeres y que se da sobre todo en feminicidios o tentativas respecto de parejas, exparejas o mujeres que se negaron a ser pareja por un lado y por otro, en las violaciones de hijas, sobrinas y niñas de su entorno familiar.

El Perú es un país creyente, pero la gran mayoría de las  iglesias son instituciones con estructuras verticales, no democráticas y machistas, que no se atreven a actuar ni a manifestarse contra esta violencia y en defensa de la igualdad de género, que no se atreven a ponerse de parte de las mujeres que reclaman su lugar en la sociedad y que no se atreven a tocar los privilegios masculinos.

Pero las feministas cristianas existimos y cada vez somos más. La feministas cristianas no hemos encontrado nada en la enseñanza de Jesús que justifique ninguna diferencia con respecto a los varones; todo lo contrario, hemos encontrado respeto y confianza. Las  feministas cristianas denunciamos la opresión de las mujeres dentro y fuera de la iglesia y damos testimonio de que la fe y la espiritualidad no son patrimonio de las mujeres “decentes” y “morales”, sino que son un don para toda la diversidad de creyentes y que tampoco está constreñida a un lugar o ni tampoco depende de  un catálogo de dogmas ni tradiciones.

Fotos de Priscila Barredo Panti

Las feministas cristianas tienen un mensaje de amor para todos, todas y todes, que se basa en la equidad y el respeto; estamos construyendo con alegría y pasión el reino divino de justicia y paz, ahora; marchando, haciendo plantones, tuitazos, tetazos, pintando paredes, escrachando abusadores, etc., porque a los mercaderes de la “salvación”  y a los traficantes de la fe hay que derrumbarles las mesas y tirarles al suelos sus monedas tramposamente obtenidas.

Este 25 de noviembre salimos a las calles y a las redes y nos manifestamos también las mujeres de fe para hacer memoria de todas las golpeadas, violadas y asesinadas solo por ser mujeres y porque sabemos que todas esas maldades no son la voluntad de nuestra amada Divinidad y porque estamos convencidas que para que el reino llegue, los hombres deben dejar de ejercer todo tipo de violencia, deben dejarse enseñar y deben renunciar a sus privilegios tal como Jesús lo hizo.

***

Foto de portada: Piera Gutiérrez.